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CONFERENCIA DR. ANTONIO SKARMETA “Los Protagonistas de mi Literatura”

Transcripción de la conferencia del Dr. Antonio Skarmeta
  • Publicado el 03/09/2014, 11:09
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Buenas noches. Muy agradecido de que haya tanto público. Me imagino que todos los habitantes de Santiago del Estero están aquí hoy, y es increíble. Muy agradecido, muchas gracias.-

Quiero decir que en estas pocas horas que estado en Santiago del Estero, yo que vengo de Santiago de Chile, ya estoy capacitado para hacer una observación: ustedes se llaman santiagueños, nosotros los de Santiago, de allá, nos llamamos santiaguinos; les quiero confirmar que ni ustedes, ni nosotros, somos santurrones.-

Agradezco mucho la ocasión que me ha proporcionado Guillermo (Dargoltz) al pedirme que hable de los personajes de mi literatura. Con tantos libros, éstos son muchos y yo voy a respetar el tiempo de ustedes. No espero extenderme más de media hora para ver si eso facilita un diálogo posteriormente. De modo que no se alarmen, no soy alguien que va a abusar de la presencia de ustedes.-

De tantos personajes, he decidido destacar esta noche con ustedes cuatro personajes, buscando un poco la génesis de ellos, y ya que estamos, que han visto algunas imágenes de la película “Il Postino”, de mi novela “El Carretero” de Neruda, voy a comenzar contándoles algo que tiene que ver con la primera vez que yo me di cuenta de que un personaje literario a lo mejor es más que un personaje literario.-

Cuando el film “El Cartero” obtuvo cinco nominaciones al Premio Oscar, varios equipos de periodistas internacionales provistos de voraces cámaras, cercaron mi casa veraniega en el pueblo de Tocoy, donde yo pasaba un afable verano entretejiendo mi nueva ficción y en mi calidad de autor de la novela “El Cartero” de Neruda, sobre la cual se basaba el film, fui sometido a una investigación rigurosa acerca de la verdad de este relato.-

En principio querían comprobar si algo en la costa del Pacífico, ese océano con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, podía estimular un tipo de creación que les parecía querible. Habían contemplado largamente el mar y como la elaboración de metáforas les resultaba lenta, se decidieron a probar nuestros afrodisíacos locales, a saber: mariscos insólitos, tipo erizos, masas, pico locos y el vino pródigo de Chile, que goza de prestigio internacional.-

Animados por estos flagelos que yo les reiteré con cordialidad sureña, los periodistas me hicieron una pregunta que ningún autor puede responder, no tanto por modestia sino que por ignorancia, con los ojos chispeantes y sus cámaras fotográficas y filmadoras colgando efusivamente querían que yo les explicara en qué consistía la magia del relato que había podido inspirar en un film que ahora estaba masivamente nominado en la corte del cine.-

Los corté abruptamente. Yo señores, -les dije- era un pájaro, no un ornitólogo. Y para usar una imagen futbolística agregué: no podía yo disparar un tiro de esquina y al mismo tiempo estar en el área para cabecearlo y meter el gol.-

Viendo sus ceños implacables procedí a servirles algunos litros de pisco sour, un brebaje chileno de cuarenta grados extirpado de la uva, que se bate con limón, azúcar, hielo, clara de huevo, y cuyo efecto permite al beneficiario olvidarse sin más ni más del nombre y apellido, edad, y en el caso de los casados, frecuentemente de su estado civil. Pero lo que pensábamos como antídoto para la curiosidad obró en otro sentido. No era yo el primer motivo de sus crónicas, sino que tenían en mente por encargo de sus editores una presa mayor: ubicar al cartero, el personaje central de mi novela, para hacer una nota sobre él, su vida, su esposa Beatriz González, el hijo Pablo Nestali Jiménez, y ya que estábamos hasta sobre la refranera e inclemente suegra.-

Como autor de la obra yo sin duda conocía su seña y me pedían que tuviera la bondad, la gentileza, el infinito gesto fraternal de proporcionarles esos datos exclusivos. Bebí mi pisco sour con la misma alegría que Sócrates debió haber sentido al tragar la cicuta, me sorprendían con el cuerpo del delito en las manos. Ahora tenía que confesarles a camarógrafos, detectives, iluminadoras y maquilladoras, que el cartero no existía, que era apenas un personaje arrancado de mi alma y puesto en la vía pública por las vías de mi imaginación. Pero junto con el pánico, debo admitirlo con rubor, con humilde orgullo se asentó mi pecho, había creado un ser ficticio, que de acuerdo a esos emisarios del mundo real debiera existir.-

Les quiero hablar de la génesis de este personaje que -como ya confesé- no era real y que todo el mundo busca en Chile. Hay aproximadamente quince personas que se atribuyen haber sido El Cartero de Neruda. Viven en los lugares más alejados, confiesan haber llevado esquelas amorosas clandestinas, y hasta amigos escritores. Se supone que alguna vez fueron también estafetas del gran poeta.-

La verdad es que para crear este personaje yo tuve una intención que me parecía original. Miren, una gran ilusión de mi vida es que la gran cultura, ésta que leemos en los libros, las que está en las bibliotecas, la que está también en los dormitorios privados, que tenga una vida, que eduque a la gente, que la conmueva, que la poesía circule un poco más aparte de los libros.-

Ustedes vieron que yo hice un programa de televisión, tratando de acercar a tele-espectadores la poesía, la literatura, traté de hacerlo de un modo que la poesía se insertara en la vida cotidiana.-

A mí me bajó una idea que me pareció al comienzo un poco delirante, luego audaz. Y bueno, efectivamente, como un escritor tiene que llevar adelante su vocación pase lo que pase, decidí poner en ficción un gran poeta, que podríamos llamar el emblemático de la poesía contemporánea, como Pablo Neruda, que estaba al borde de recibir el Premio Nobel de Literatura con un Cartero, hijo de pescadores de un pequeño pueblo, que le lleva su correspondencia, que es absolutamente ingenuo pero no carente de impertinencia y que comienza a molestar a Pablo Neruda, porque siempre está ante una persona genial y que como toda la gente del pueblo que quiere crecer, que si tuviera la ocasión de relacionarse con la poesía lo haría, quiere en su ingenuidad saber qué es la poesía y cómo ser poeta.-

Yo creo que hay un momento en que este personaje comienza a nacer como personaje y se establece frente a Neruda como un personaje igual, no de la misma densidad cultural pero dramatúrgicamente como un personaje.-

Si me permiten voy a recordarles ese momento, porque quiero poner énfasis en este momento que permite que el personaje crezca y se transforme entonces en un personaje dramático.-

Les recuerdo la situación: el cartero cada vez que le lleva cartas a Don Pablo, a su casa de la playa, le cuesta mucho irse. Se queda merodeando al poeta, mirando cómo se mueve, a ver si dice alguna cosa. Y el poeta siempre tiene mucho que hacer, las musas lo reclaman, tiene que escribir. Como también era comilón, a veces le gustaría ir a comer. En fin, pero el cartero está siempre ahí, siempre ahí. Entonces, la última vez que le lleva la correspondencia, después que Neruda lo despide, el cartero se queda parado y no se va, y Neruda le pregunta:

- ¿Qué te pasa? Te quedas ahí parado como un poste.

Mario torció el cuello –Mario se llama el cartero- y buscó los ojos del poeta desde abajo:

- ¿Clavado como una lanza?

- No, quieto como torre de ajedrez.

- ¿Más tranquilo que gato de porcelana?

- Mario Jiménez, aparte de Odas elementales, tengo libros mucho mejores. Es indigno que me sometas a todo tipo de comparaciones y metáforas.

- ¿Don Pablo?

- ¡Metáforas, hombre!

- Pero, ¿qué son esas cosas?

- Para aclarartelo más o menos imprecisamente, son modos de decir una cosa comparándola con otra.

- Deme un ejemplo.

Neruda miró su reloj y suspiró.

- Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando. ¿Qué es lo que quieres decir?

- ¡Qué fácil! Que está lloviendo, pues.

- Bueno, eso es una metáfora.

- ¿Y por qué si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado?

- Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complicidad de las cosas. Según tu teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como ma-ri-po-sa. Piensa que e-le-fan-te tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela - concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo, le indicó a Mario el rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:

- ¡Puta que me gustaría ser poeta!

- ¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. Por lo menos caminas mucho y no engordas. En Chile todos los poetas somos guatones.

Neruda retomó la manilla de la puerta y se disponía entrar, cuando Mario, mirando el vuelo de un pájaro invisible, dijo:

- Es que si fuera poeta podría decir lo que quiero.

- ¿Y qué es lo que quieres decir?

- Bueno, ése es justamente el problema. Que como no soy poeta no puedo decirlo.

- ¿Mario?

- ¿Don Pablo?

- Voy a despedirme y cerrar la puerta.

- Sí, don Pablo

- Hasta mañana

- Hasta mañana.

Neruda detuvo la mirada sobre el resto de las cartas y luego entreabrió el portón. El cartero estudiaba las nubes con los brazos cruzados sobre el pecho. Vino hasta su lado y le picoteó el hombro con un dedo. Sin deshacer su postura, el muchacho se lo quedó mirando.

- Volví a abrir, porque sospechaba que seguías aquí

- Es que me quedé pensando.

- ¿Y para pensar te quedas sentado? Si quieres ser poeta, comienza por pensar caminando. Ahora te vas a la caleta por la playa y, mientras observas el movimiento del mar, puedes pensar en un par de metáforas.

- ¡Deme un ejemplo!

- Mira este poema: “Aquí en la Isla, el mar, y cuánto mar. Se sale de sí mismo a cada rato. Dice que sí, que no, que no, que no. Dice que sí, en azul, en espuma, en galope. Dice que no, que no, que no. No puede estarse quieto. Me llamo mar, repite pegando en una piedra sin lograr convencerla. Entonces con siete lenguas verdes, de siete tigres verdes, de siete perros verdes, de siete mares verdes, la besa, la humedece y se golpea el pecho repitiendo su nombre.” – Hizo una pausa satisfecho - Y, ¿qué te parece?.

- Raro.

- “Raro.” ¡Qué crítico más severo que eres!

- No, no, don Pablo. Raro no lo es el poema. Raro es como yo me sentía cuando usted decía el poema.

- Querido Mario, a ver si te desenredas un poco, porque no puedo pasar toda la mañana disfrutando de tu charla.

- ¿Cómo se lo explicara? Cuando usted decía el poema, las palabras hacian de allá para acá, de acá para allá.

- ¡Como el mar, pues!

- Sí, se movía igual que el mar.

- Eso es el ritmo.

- Me sentí raro, porque con tanto movimiento me mareé.

- ¿Te mareaste?

- ¡Claro! Yo iba como un barco temblando en sus palabras.

Los parpados del poeta se desplegaron lentamente.

- “Como un barco temblando en mis palabras”

- ¡Claro!

- ¿Sabes lo que has hecho Mario?

- ¿Qué?

- Una metáfora.

- Ah no vale, porque me salió de pura casualidad, no más.

Mario se llevó la mano al corazón y quiso controlar un aleteo desaforado que le había subido hasta la lengua y que pugnaba por estallar entre sus dientes. Detuvo la caminata, y con un dedo impertinente manipulado a centímetros de la nariz de su emérito cliente, dijo: - Usted cree, don Pablo, que todo el mundo, quiero decir todo el mundo, con el viento, los mares, los árboles, las montañas, el fuego, los animales, las casas, los desiertos, las lluvias…

- …ahora ya puedes decir etcétera.

- …¡los etcéteras! ¿Usted cree que el mundo entero es la metáfora de algo?

- Neruda abrió la boca, y su robusta barbilla pareció desprendérsele desde el rostro.

- ¿Es una huevada lo que le pregunté, don Pablo?

- No hombre, no

- Es que se le puso la cara tan rara.

- No, lo que sucede es que me quedé pensando.

Espantó de un manotazo un humo imaginario, se levantó los desfallecientes pantalones y cruzando con el índice el pecho del joven, dijo:

- Mira, Mario. Vamos a hacer un trato. Yo ahora me voy a la cocina, me preparo una omelette de aspirinas para meditar tu pregunta, y mañana te doy mi opinión.

- ¿En serio Don Pablo?

- Sí, hombre, sí. Hasta mañana.

- ¿No se va a entrar? - le invitó Mario

- Ah no, no, no. Esta vez espero a que te vayas.

 

Yo creo que cuando se habla de la génesis de un personaje, es un momento en el transcurso de un relato, en que se produce un alumbramiento, una suerte de parto, algo que indica el camino por el cual el personaje va a crecer.

Fíjate, que la rápida intuición de la pureza, la ingenuidad de un hijo de pescadores, que tiene curiosidad, que ama la poesía, sabiendo apenas leer, capta una comparación, es decir una metáfora. “El cielo está llorando”, significa que llueve. Capta esto. Ahí el poema del mar y de ahí deduce una pregunta que deja a Neruda perplejo.

Claro, cuando Neruda le presenta el poema del mar, él apenas lo oye y sale con este exabrupto delirante: “no, lo que pasa es que la palabra iba de aquí para allá, y entonces me mareé.”

Es un modo de utilizar dos herramientas: uno, la sensación real que cae, que sucumbe al embrujo del ritmo de una poesía; y la otra, es lo que el pueblo practica, para nivelar y alinearse con la cultura superior, el humor. “Me mareé”, puede ser perfectamente una broma que el cartero le hace a Neruda. Como sea, de esta situación, el cartero desprende una pregunta, que es: “¿Usted cree, maestro, que el mundo entero es la metáfora de algo?”

Señoras y señores, podemos morirnos de la risa. Podemos decir una sonrisa, por la impertinencia. Pero, ¿no es el mundo entero la metáfora de algo? Es lo que en la filosofía equivale a la pregunta ¿Puede ser? ¿Qué es el ser? ¿Qué es este mundo? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene la naturaleza? ¿Qué sentido tiene mi voz? ¿Qué sentido tienen mis ojos que lo ven?...

Ah, ¿por qué eso tiene que estar privado de aquel que está determinado por una clase, por una profesión? ¿Por qué? ¿Por la cercanía de un poeta que utiliza imágenes de lo más complejas a veces, como en residencia en la tierra, pero que también tiene versos de humor, que son contagiosos y que han inspirado a los amantes? O, ¿que tiene Pablo Neruda? Estos poemas que revelan el secreto hondo de América, como la altura de Machu Píchu, o las odas elementales, que son versos luminosos que abuenan a la gente, con el entorno, con las cosas. Este mundo está aquí para disfrutarlo. Para cantar las cosas que hay a tu alrededor. Y la poesía es la gran hechicera. La que canta. La que canta a todos su modo de pensar, su modo de ver. No tienen que ser en absoluto grandes metáforas, complejas y complicadas, que Neruda las tiene en abundancia.

Pero, ¿por qué la gente, por qué el pueblo recurre a él? Primero, porque siente que él los representaba con su voz; pero luego, porque en la poesía tan versátil de Neruda había estas odas, que eran juguetes encantadores y asequibles.

Ejemplo, cuando Neruda habla del gato, en la oda del gato, y llama al gato “policía secreta de las habitaciones”, “mínimo tigre de salón”, “Sultán de los tejados eróticos”… Bueno, uno ya no puede ver un gato y quedarse tan tranquilo. Hay algo, esa hesitación de disfrutar de lo que hay. Llamarlo, rebautizarlo. La palabra que reinventa y crea. Entonces, éste es el Neruda. Éste es el Neruda de la gente, el Neruda de las odas, de los poemas de amor y todo eso.

Entonces, así como nace este personaje que es el cartero, habría que decir que el Neruda que aparece en El Cartero de Neruda, es un personaje más grande, infinitamente más grande como ser humano, como personaje, que la persona que aparece en mi novela. Pero el Neruda que aparece en mi novela, es un Neruda visto por los ojos del cartero. Está en esa dimensión, y en esa dimensión se transforma en un ser admirable y posteriormente en un amigo.

Ustedes saben que la novela termina lamentablemente mal, porque esa fiesta de crecimiento que tuvo Chile terminó con este golpe fatídico, y el destino de el cartero al terminar la novela es incierto. Un final que en la novela queda abierto, pero que los lectores entendieron muy bien.

Quiero hablarles de otro personaje que inspiró otra novela mía, que se llama “No pasó nada”. Este No pasó nada, es un joven chileno que vive en el exilio en Berlín. Tiene apenas quince años. Y yo, cuando viajé a Berlín porque no quería vivir en el Chile de Pinochet, naturalmente no tenía nada que ver. Salí voluntariamente y me fui junto a miles de compatriotas. Decidí contar en el exilio, la experiencia de los jóvenes. No de los padres comprometidos, militantes, a veces obcecados con ciertas ideas; sino la de los hijos que los habían acompañado en esta aventura, y que ahora estaban en otro idioma, en otra tradición, requeridos por la calle, la música, la música rock, el cine, las chicas que le gustaban.

Yo quería contar esa historia un tanto. No lastimera, sino ver cómo el ideal de vida, de libertad, estaba aún presente en esta generación. Y no sabía cómo hacerlo.

Entonces, ¿cómo invento un personaje que cuente desde el punto de vista de la niñez o de la adolescencia una historia, un narrador?

Y la fortuna me procuró un joven que vino a ver a mi hijo y que moldeó la figura de este chico que se llama No pasó nada. También, un libro que ha tenido muchísima circulación, y que probablemente alguno de ustedes ha leído, que se enseña abundantemente en las escuelas, en los colegios, en las universidades de varios países latinoamericanos y europeos.

Un día conocí en Berlín al personaje que inspiraría “No pasó nada”, que así se llama el seudónimo del personaje. Me lo presentó mi hijo adolescente, mientras pulsaba sin compasión un contrabajo entre las indecisas murallas de mi viejo departamento berlinés, con la siguiente frase: “A éste le gusta más la literatura que la música”.

Bajo el estruendo del “zum, zum” del contrabajo, de ese ronco instrumento, le pregunté a este chico qué le gustaba leer.

- No me gusta tanto leer como escribir.

- Vaya, ¿cómo es que va una cosa sin la otra?

- Lo que pasa es que, si leo temo que me influya otro estilo.

- ¿Y cómo es tu estilo?

- Al lote.

Esta chilenísima expresión “al lote”, significa como salga.

Es sabido que todos los adolescentes miden todos los valores del mundo con la vara de su espontaneidad. Sus egos no son más pequeños que las espinillas de su acné. Coordinando, más tarde, talleres literarios para jóvenes, me encontré en ocasiones con vivaces líderes bárbaros, en los que la cultura es dañina para la autenticidad. Y alguna vez tuve éxito polemizando con ellos y haciéndoles ver que la espontaneidad sin sofisticación era candidata segura al lugar común.

Supe que este muchacho había venido a casa, para organizar con mi hijo –el músico- una velada rock a beneficio de la resistencia chilena contra Pinochet. Es decir, la organización de esos actos la poníamos los padres que trasnochábamos sobre nuestros mimeógrafos. Hoy día son las fotocopias, hoy día son los fax, hoy día los compiladores. En la época en que se sacaban las cosas a mimeógrafos y los duplicábamos para mandar en cuatro o cinco copias; las novelas y los concursos se hacían con papel carbón simple, señores.

Bueno, nosotros entonces trabajábamos en nuestros panfletos en mimeógrafos, y éstos panfletos anunciaban el inminente fin de la dictadura. Y la música en estos actos era el aporte de los jóvenes, que comulgaban mucho mejor con “Led Zeppelin” y “The Electric Light Orchestra”, que con “Quilamachú” o “Inti Simani”. El chico había traído un poema como contribución a la jornada de lucha y rock, con la esperanza de que mi hijo y su banda amateur le pusieran música y la cantaran. El texto le temblaba en las manos, pues mi hijo que adoraba la violencia verbal de Jim Morrison, acababa de rechazárselo con un bruletazo. Esto es una cursilería. Viéndolo en ese desamparo, lo invité a mi estudio, le preparé un café alemán, brebaje muy poco estimulante, y le pedí que me mostrara el texto rechazado. La cursilería la puedo reproducir en detalle, pues lo guardé entre los materiales con que construí el personaje “No pasó nada”. El poema del joven decía lo siguiente: “Échate el pelo con la mano atrás;

échate lentamente el pelo con la mano atrás;

échate una vez más lentamente el pelo con la mano atrás;

échate otra vez más, una vez más, lentamente el pelo con la mano atrás;”

échate infinitamente otra vez más, una vez más, lentamente el pelo con la mano atrás.

Le puse un quintal más de azúcar al café para mejorarle el sabor, y me recliné en la poltrona con las manos cruzadas tras la nuca.

- Lo encuentra demasiado repetitivo, ¿cierto?

- No, hombre, más que repetitivo, rítmico y obsesivo.

Ladeo el cuello y se me quedó mirando, como esos pájaros alucinados de los bosques nocturnos.

- Repetitivo y obsesivo – repitió.

Se sobó las manos, igual que si acabara de recibir un regalo inconmensurable, su probable depresión parecía haberse esfumado.

- Repetitivo, rítmico y obsesivo - le rimé.

- Repetitivo, rítmico, obsesivo y definitivo - dijo golpeándose las rodillas.

Se levantó con ese desgarbado arresto juvenil, donde parece que los huesos fueran repúblicas independientes de las articulaciones.

- ¿Ud, cree tío, que eso que leyó es poesía?

Hay que admitir que el vocablo “tío” para llamar al padre de un amigo, era en ese tiempo una actitud muy en boga. Me detengo en este término pues muchas veces he sido víctima de él. Cuando me he acercado con intenciones ambiguas a hijas jóvenes de compatriotas, quienes al aplicármelo me han hundido en el más sublime ridículo y en la más estimulante inhibición.

- No me digá tío, querís

- ¿Por qué no?

- Porque es una cursilería - le dije, vengativo.

Este es un modo de mostrar los dos ejemplos de cómo nace, de cómo se construye un personaje. Aquí hay un modo de hablar, un modo de sentir, un modo de dar ritmo a las cosas. Una actitud ante la vida, que es un compromiso con la literatura, con el acá, con el rock, con lo que sea y también con la política. La conciencia que tiene el joven en su nivel, del aliento por la lucha que han dado sus padres. Entonces así nace. Estos son los momentos en que nace el personaje “Lucho”, que será en “No pasó nada”.

Voy a referirme, pero voy a escamotear a un tercer personaje que tenía preparado: Victoria, de “El Baile de La Victoria”. Una mujer. Y me voy a ir, si me lo permiten, a un último personaje que tiene probablemente una novedad, un atractivo; que es un personaje del narrador de este libro que se llama “Un Padre de Película”. Si lo afirmo ahora, ante ustedes, es porque así como Fernando Trueba hizo mi novela “El Baile de la Victoria”, Michael Radford “El Cartero”, este libro va a ser también una película. Una película hecha por un director brasilero que se llama Santos Melo; y va a ser ambientada en Brasil. Entonces es curioso, pero probablemente dentro de un año o un poco más, ustedes puedan ver esta película, y recuerden estos momentos cuando les conté esto.

Y les quiero comentar de este personaje, que es un joven profesor, de un pueblo chico chileno, que se llama Contulmo. O sea, que vive en la provincia, que vive en una región. Muchacho que ha ido a estudiar para ser profesor en Santiago, y que cuando vuelve, feliz de haber obtenido su título profesional, baja del tren; y en el mismo tren que él está bajando, a ese mismo tren sube su padre, que es francés; diciéndole que se va, que vuelve a Francia, porque quiere la gran ciudad, la metrópolis, el cosmopolitismo, la cultura europea. Y el chico, que ama a su padre, lo quiere abrazar, le quiero mostrar su diploma. No alcanza a hacerlo, el tren parte. Y el muchacho tiene que quedarse allí, en el pueblo, enseñando a adolescentes que son apenas un poco menores que él.

Era una persona muy sensible, que se ve envuelta en una situación muy extraña. Porque también es muy tímido y los alumnos, que ya son adolescentes, le piden consejos no solamente sobre cómo estudiar, sino, como todos los adolescentes, sobre las cosas. Chicos que quieren información sentimental, y uso información sentimental como un eufemismo. Quieren saber algo más. Este profesor, que se llama Jake porque su madre es francesa, no tiene experiencia para contarle a los alumnos cómo es. Y hay uno que lo molesta especialmente. Así que un día Jake decide irse de ese pueblo acompañado del molinero del pueblo, para tener una experiencia. Y se va en tren.

Y lo más importante en una novela es encontrarle el tono por el cual el personaje narra. ¿El tono cómo se hace? Mostrando cuáles son las cosas que el personaje observa, qué mira, qué detalles van afinando su voz.

Por ejemplo, nada más que un pequeño párrafo prácticamente del comienzo de la novela, para que ustedes tal vez sientan la voz de este joven, cuyo episodio lo voy a narrar a continuación.

“Soy el profesor del pueblo. Vivo cerca del molino. A veces el viento cubre mi cara de harina. Tengo piernas largas, y las noches de insomnio han tallado ojeras bajo mis pestañas. Compongo mi vida con rústicos materiales de la aldea; el sonido agónico del tren local; la manzana del invierno; la humedad sobre la piel de los limones tocados por la escarcha de la madrugada; la paciente araña en la sombra del cuarto; la brisa que mueve las telas de las cortinas. Mi madre lava la enorme sábana durante el día y por las noches escuchamos radio teatros bebiendo agua de toronjil, hasta que la onda se pierde entre decenas de emisoras argentinas, que ocupan el dial nocturno.”

Es este hombre, con esa sensibilidad, esa mirada para lo mínimo, lo pequeño, lo esencialmente pueblerino. Es aquél que hace la aventura de ir con su amigo el molinero al pueblo vecino, para obtener experiencia. Les quiero, por favor - y con esto voy a terminar, para iniciar el diálogo con ustedes-, les quiero leer este momento. Estos pocos minutos, porque aquí la poesía otra vez va a cumplir una función tan fuerte como El Cartero en Neruda.

“Junto con las primeras penumbras entramos Cristián y yo al burdel.” – Cristián, el molinero- “La mayoría de las chicas toman té o escuchan en la radio un concurso de apuestas por dinero.” - ¿Están ustedes seguros que no voy a ser censurado porque dije la palabra burdel? ¿No? Porque en Santiago de Chile una vez pasó, con “Il Postino”. Voy bien, ¿no? Bueno - “Se trata de adivinar el precio exacto de algunos productos. Una de ellas viene hacia mí y me estampa dos besos en la mejilla. Me pregunta mi nombre y mi oficio. Le digo “Jaques” y “profesor”. Turbado, le pregunto qué hace ella.

- Puta - me dice con una sonrisa.

Subimos a su pieza. Tiene tipo indígena, como la mayoría de las chicas de esta zona. En Frutillar dicen que hay un burdel con niñas de familias alemanas. Luce un flequillo marcadamente aborigen, los pómulos saltones y una sonrisa despreocupada. Es joven y fuerte. Quizás algunos años después sea gorda, pero no ahora. En su pieza hay un anafe, donde hierve una tetera y dos tazas con bolsitas de té Lipton. La frazada chilota que cubre la cama es robusta como la piel de un animal.

- ¿Un tecito?

- Claro, gracias.

Mientras remoja la infusión en el agua hervida, mira mis zapatos y luego la corbata.

- Puedes irte a sacar tus cositas.

Ella misma viene, me desata el nudo y, cuando aparece el cuello, me besa dejando una huella de humedad. Sin agacharme, con los pies empujo los zapatos debajo de la cama.

- Hace frío – digo.

- No, mijito. Son los nervios.

- ¿Nervios, yo?

- Toma.

Bebo de una taza y casi adivino que me quemará la lengua. En cambio, ella sopla el líquido sobre la cucharita antes de beberlo.

- ¿Y qué enseñas, profesor?

- De todo un poco. Pero prefiero la Literatura y la Historia.

- ¿La Geografía no?

- La Geografía también

- Yo soy loca por la geografía - afirma, soplando el té y sorbiéndolo con ruido-  me sé los países y las capitales. Digo sus nombres y me imagino cómo serán.

- ¿Bolivia?

- La Paz

- ¿España?

- Madrid

- ¿Checoslovaquia?

La chica se muerde largamente una uña. Mira hacia el techo y a la alfombra. Luego va hasta la cortina, afirma la frente contra el vidrio y se queda mirando un rato la calle.

- No lo sé.

Arroja con un gesto profesional la bata y viene desnuda a tocarme. Está ahora mortalmente seria. De un tirón me trae al lecho y, cubriéndome con la colcha, me desnuda. Se monta a horcajadas sobre mí, y con tres o cuatro jineteos de su cadera, me voy.

- Igual tienes que pagar la hora, ¿sabes?

- No, no hay problema.

- ¿Estuvo rico?

- Claro.

Levanta la colcha y la extiende en forma de túnica sobre la cabeza. De repente le sale una inmensa sonrisa.

- Hazme otra pregunta.

- ¿Fácil o difícil?

- Fácil.

- ¿Francia?

- París.

- Très bien – digo.

- ¿Hablas francés?

- Bastante bien. Mi padre es de París

- ¿Lo ves a veces?

- No, ahora justamente está en Francia.

La tomo de los hombros, la acerco a mi cara y le doy un beso en la boca. Por primera vez me siento parte de un diálogo. Hasta el momento, no había hecho sino obedecer sus órdenes.

- ¿Dime algo en francés?

- ¿Fácil o difícil?

- Difícil y largo. De todas maneras, tienes que pagar la hora.

- Está bien. ¿Un pedacito de una poesía?

- Ya.

Me callo un instante para tener las ideas completas en la memoria, antes de derramarlas sobre la lengua. En el techo de una habitación hay una mancha con la forma de un pez.

( …recita en francés… )

La chica se desmonta y camina hasta el lavatorio, con una toalla húmeda se limpia el vientre y los muslos.

- No entendí nada – dice-. Cuando voy al cine tampoco entiendo. Es que no alcanzo a leer los subtítulos. Van muy rápido.

- Es un poema dedicado a mi padre.

- ¿Lo escribiste tú?

- No, pero yo lo traduje. Lo puedes encontrar en el suplemento del Diario de Angol.

- ¿Qué dice?

- “Ah, pobre padre mío, ¿habrás adivinado alguna vez, qué amor has puesto en mí y cómo amo a través de ti todas las cosas de la tierra?” Lo escribió René Guy Cadou.

- ¿Te hubiera gustado haberlo escrito tú?

- Yo no hubiera podido escribir un poema así. Soy un simple profesor provinciano.

- Son cinco mil pesos por la hora.

Me subo los pantalones y coloco sobre su velador los húmedos billetes que me ha prestado el molinero. Ella se alisa el flequillo sobre la frente mojándolo con agua.

- Ahora regreso a Contulmo. El tren sale en una hora.

- Si vuelves por aquí, yo te atiendo. Me llamo Rayén, pero me dicen Luna.

- ¿Por qué?

- Porque me la paso en la luna, porque siempre miro la luna, porque tengo cara de luna. Y no sé por qué. Simplemente todos me llaman Luna. ¿Cómo te dicen a ti?

- Profe.

-¿Nada más?

- Nada más. Profe.

- ¿Pones buenas notas?

- Nunca he rajado a nadie.

- ¿Qué nota me pondrías a mí en Geografía? - sonríe, y desde su boca ancha parece que los dientes hubieran saltado hacia delante.

- ¿Rusia? – pregunto.

- Moscú - dice, aumentando aún más la sonrisa -. ¿Qué nota?

- Un siete.

- ¿En serio me pondrías un siete en Geografía?

- Sin ninguna duda. La nota más alta.

- Voy a contárselo a las niñas.

- Está bien.

Extiende la mano muy formal, se la estrecho. Y salgo lentamente del burdel”.

 

Muchas gracias.

(Aplausos). 


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